pueblo II
hay locos en mi pueblo: los locos de pueblo.
la primera característica que les diferencia y distingue es El Silencio.
callan observando o son creadores y únicos usuarios de un lenguaje propio. toni "motoret" recorre calle colón como un cascado aeroplano, haciendo brrrr, vibrando los gruesos labios, recibiendo en su gran calva violentos saludos de los borrachos que escupen los bares.
ché, toni, vols una canya... ay, toni... estás tonto, eh? a que estás tonto?...
en el horno, una joven de mirada perdida y sucio pelo corto ayuda a la hornera en todo lo que a ésta se le antoje. el pa de viena de maruja, va, porta'l. mi madre me contó que debe tener su edad, o un poco menos, y que se quedó sorda de una hostia que le dio una monja en el colegio, y un sordo en un pueblo hundido deviene en tonto. el tonto en ayudante, y al ayudante, es ley, legal joderle la vida.
hay una gitana enorme que canturrea y se pasa el día dando largos paseos por todo el pueblo. tiene dos hijos, la parejita, que son pequeños, desaliñados y siempre la acompañan: son pequeños pero ya habrán superado la edad mental de su madre, a la que sin embargo siguen en su vagar aleatorio. supongo que en algún momento se habrá de cansar, y que alguna de todas será su casa, que vaya a contener un viejo catre que sostenga su reposo. imagino estremecido al padre de los niños, con su bigotillo retorcido y las patillas sudadas, follándose a aquella mole insconsciente, con el sucio pijama a medio bajar y las bragas simplemente puestas a un lado: la excusa húmeda para la progenie.
mi pueblo limita donde paco se sienta, con su silla, a contar. paco es un viejo muy viejo que no oye, y que vive atrapado en su eterno cuento y recuento. xè, paco! y como paco no oye, y está tan enfrascado en sus cábalas, no concibe que alguien no le pregunte otra cosa que el estado de su cálculo. xè, paco, ves cap a casa, que va a ploure! y paco asegura con enfática monotonía: trenta un cotxes, cinc motos, una bicicleta, el cotxe de la guàrdia civil dues voltes.
ni carteles ni señales: mi pueblo comienza a ser mi pueblo y deja de serlo donde paco decide ponerse a contar. trenta dos cotxes, cinc motos...
miquel el ratero es un personaje que va todo el año en manga corta. haga el tiempo que haga. y nunca se ha resfriado. que tiene calor, dice.
dicen que gasparín adivina el futuro. de pequeño le temía: al encontrármelo solo podía recordar las veces que antes le había visto derrumbarse por la epilepsia. desde el balcón de casa de mi abuela (yo me entretenía allí lanzando las flores de geranio, que daban vueltas como pequeñas hélices) observé enterito un ataque especialmente violento: alguien iba corriendo y le manipulaba la boca: mira, uela, té bromera en la boca... no, és per a que no es trague la llengua o es mosegue... la comunión se supone que es una fase de maduración, como cada cumpleaños, o el primer desengaño: pero descubrir que uno mismo puede morderse la propia lengua y tragarla... es como descubrir un pequeño… suicidio. y descubrir el suicidio es tener ante uno, de golpe, todas las muertes, y encontrarlas, además, en la sección de oportunidades.
no creo que gasparín adivine el futuro. pero, bebiendo mucho coñac, se divierte haciéndolo ver, y dudo que no sea feliz.
una conocida de mi madre, con pelo pincho, tan fumadora como ella, voz ronca y resabida, siempre decía subnormal, con la pronunciación de los que no conocen las bibliotecas: sunormal, o bien surnormal cuando trataba de hacerse la fina. sunormal, si tenías vergüenza de pedir una parte de lo que ella traía de merienda. sunormal es aquella, esposa de no-sé-quién que yo no conozco y que ya no saluda a nadie. sunormal, atén a la paella que te se cremará... casi tan mayor como mi madre, se quedó embarazada cuando yo tendría once o doce años. no sé si dejó de fumar, o si se medicaba... pero con mi redomaba inocencia creí a mi madre, que tal vez no haya tenido mucha mano para aplicar su resignada ironía delante de su prole: le ha salido un hijo subnormal de tanto que lo decía.
me cuentan que amadeo siempre pregunta por mí. pasarán cinco años más y amadeo volverá a preguntar por mí. pasarán veinte, yo habré desaparecido del todo de los lugares en donde estuve, pero amadeo volverá a preguntar: i mateo?
no sé donde está ese lugar que habito, al que amadeo alude. no sé cuanto de realidad hay en ese mateo. tampoco sé donde estaré en veinte años. y me pregunto si el mero hecho de observar, detenerse y observar, lleva carga de injusticia:
decido detenerme.
y observar.
no tanto por el confort del que observa desde la comodidad de una silla, o la agradable temperatura tras el cristal, o desde el doble fondo de jugar a ser yonqui con red para parar la caída... como por la posibilidad de poder explotar, periódicamente, en palabras a entender por todo un universo.
observar puede ser una actividad rematadamente injusta.
comunicarse, una actividad rematadamente clasista.
y envejecer o volverse loco, una actividad rematadamente antiestética.
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